Nada de nada podía devolverlo con
los demás, cansado de los fríos e indiferentes espejos deformes, de los
caballos de madera y cisnes petrificados; cansado de los asientos vacíos, de
las luces apagadas y voces olvidadas.
Cansado de los cuerpos
putrefactos, de las manos que no podía aferrar, de los autos sin combustible,
las rockolas sin electricidad y sus canciones que se evaporaban de la memoria,
la comida que no podía saborear, de las camas que no lo podían abrigar.
Pero lo que más le aturdía, era el eterno recuerdo de ser
quién dio la orden equivocada, transformándolo en el único fantasma del
Apocalipsis.
