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viernes, 7 de diciembre de 2012

El Hombre Que Colgaba de Sí Mismo (3º Parte de 4)





Aquel día la sala de guardia del Hospital Rivadavia fue una locura. No se si el común de la gente recordará lo que sucedió el miércoles 22 de febrero de 2012 en la estación de trenes de Once a eso de las 08:33 antes del mediodía; en cambio para mí ese será un día que no olvidaré jamás. Y evidentemente los acontecimientos de esa mañana se me presentan ahora como los viejos fantasmas de las navidades pasadas que sometían a Ebenezer Scrooge en el cuento de Charles Dickens.
Nos enteramos del accidente del tren de TBA por mensaje de texto y, salvo quienes ya estaban en el hospital o aquellos que estaban fuera de la ciudad, todos los médicos, enfermeras y demás personal indispensable para tratar tal tragedia nos presentamos inmediatamente.

martes, 4 de diciembre de 2012

El Hombre Que Colgaba de Sí Mismo (2º Parte de 4)




Pasado unos segundos, presa del agotamiento, dejé de sacudirme. Transpiraba mares y el gusto salado me invadía la boca que mantenía abierta.
Me obligue a tranquilizarme.
Miré nuevamente el espejo.
Me miré.
Y reconocí mi rostro.
Cada una de las imágenes de mi vida me engulló como un tsunami, golpeándome primero con su ola inmensa para luego arrastrarme por mi propia historia.
Ya sabía quien era yo.
Mi nombre es…

viernes, 30 de noviembre de 2012

El Hombre Que Colgaba de Sí Mismo (1º Parte de 4)




No veía nada, no oía nada y no sentía nada.
Solo había en mi, olor a moho.

Cuando desperté me encontré desorientado, mareado de oscuridad e imágenes inconexas producto de mí alocada mente que buscaba con frenesí darme una referencia. El silencio era tal que parecía zumbar a mí alrededor, aleteando como unas diminutas luciérnagas ciegas en mis oídos que chocaban con las paredes y cosquilleaban en los tímpanos.
Nada se veía.
Traté de mover las manos pero fue en vano, intenté con las piernas pero el resultado fue el mismo, sentía un apretujón en el pecho y la sangre que parecía costarle recorrer mis venas.
Moví un pie. No hubo gran problema al hacerlo, solo que; no sentí nada debajo de ellos.
Mierda…, estaba colgando.
Intenté gritar, un poco por miedo y otro poco para no sentirme tan solo y desbordado; el caso fue que el grito murió antes de nacer. Una cinta me cruzaba la boca.
Horrorizado me di cuenta de una sola cosa, no había llegado a ese lugar por ningún tipo de accidente, estaba ahí en esa habitación fría, oscura y herméticamente silenciosa porque alguien así lo había deseado.
No podría describir con palabras el sentimiento al descubrirme en esa postura, ni decir que los latidos del corazón querían partirme el pecho podría expresarlo apropiadamente; nada en este mundo prepara a alguien para semejante descubrimiento.