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martes, 18 de septiembre de 2012

Sobornando las Horas




Las agujas no se movían desde hacía días, había perdido la noción del tiempo, solo distinguía el día y la noche. Recubierto su cielo de una capa de hielo, veía la claridad del sol reflejada por gotas heladas; titiritaba su alma en la soledad inmensa de la cápsula.
–Manejar el tiempo a nuestro antojo, ¿te imaginas? –retumbaban las palabras de Juan Segundo en su memoria helada. Juanse estaba ahora quien sabe donde, quién sabe cuando, que era peor. Ni él sabía cuando estaba, o si estaba en realidad, o si solo quedaba la sensación de vida, recuerdos que acompañan al alma en la elevación (o caída).
El hielo se movía como si fuese una cúpula gigante movediza, como la de los grandes estadios de fútbol, los más modernos. Se dio cuenta, segundos después de despertar, que en realidad no era tanto lo que se movía el hielo, sino el tiempo.
Corría libre, volaba libre, caía emancipado.
Los números corrían a una velocidad vertiginosa, mareándolo desde la incredulidad de lo que había logrado (habían logrado, Juanse tenía igual de crédito que él, aunque solo haya puesto el dinero), que la máquina del tiempo funcionara, ¡¡¡y como!!!.
Se habían apurado, pensó ahora; deberían de haber probado de alguna manera como funcionaba, si sus cuerpos durarían un segundo al menos dentro de la máquina o serían reducidos a polvo ni bien el tiempo pegase el salto previsto.
–La oportunidad se presenta una vez en la vida, me refiero a este tipo de oportunidades –le dijo Juanse una sábado a la noche mientras ambos deambulaban por el laboratorio con unas tazas de café frío sobre sus escritorios desordenados. –Manejar el tiempo a nuestro antojo, ¿te imaginas?
No, no se lo imaginaba.
Y si se lo hubiese imaginado, seguramente, no hubiese sido como lo era ahora, en ese tiempo, su tiempo. ¿Cuándo estaba?
La máquina se detuvo al fin, la idea había sido una vez puesto en marcha el mecanismo, manejar el tiempo hacia delante o atrás.
–Atrás es mejor, al menos sabemos con lo que nos podemos encontrar. –se le había ocurrido sabiamente.
No tan sabio, el meterse dentro.
Tardó solo unos segundos en caer rendido a un lado de la cápsula, el sol no estaba, solo se veía una luz escasa y espesa intentar pasar por las grandes nubes de polvo que cubrían todo. Intentó volver a la máquina, pero murió antes de poder siquiera subirse a ella, solo alcanzo a ver que había viajado 65 millones de años al pasado.
Manejar el tiempo a nuestro antojo, ¿te imaginas?”.
No, el tiempo es quien nos maneja a su antojo.