El pasillo lucía inmenso, de esos que parece
que no tienen fin, el techo era abovedado y alto con unos ventanales gigantes y
sucios a los lados como si fuesen verdugos de la inquisición aguardando la
orden.
Y estaba oscuro.
Anabella se hallaba sentada en el suelo, al
lado de un banco de madera largo, ella prefirió el piso frío a las maderas
rugosas como dedos de un viejo gitano; el piso era mejor, sin dudas.
Se abrazaba las rodillas hundiendo la cara
entre ellas, tratando que estas lleguen a taparle los oídos, que dejen de
llegarle esos sollozos lastimeros de los cuatro vientos. Desde que había
llegado a esa lejana y solitaria abadía, voces de todos lados la estrechaban,
susurros jadeantes como fuelles avivando el fuego.
Se balanceaba abrazada a si misma, y
lloraba.



