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miércoles, 19 de febrero de 2014

El llamador del hambre



El chirrido constante de la rueda fastidiaba con intensidad, más cuando el pie derecho se hundía sobre el pedalín gastado. La bicicleta heredada de su madre se quejaba como un cordero ahorcado, el oxido se repartía casi por todo el cuadro y las cubiertas gastadas resbalaban en la greda mojada por la lluvia constante de los últimos días.
Faltaban un par de cuadras todavía, sobre el canasto descansaba su bolso junto a las compras de la supuesta cena. Una de las luces de la calle titilaba, suponía que el agua de lluvia que había entrado en la burbuja de plástico obligándola a parpadear como el ojo de un lince nervioso.
La mujer cambiaba el peso del cuerpo para forzar la velocidad de la vieja bicicleta, a una cuadra, pasando el ojo del lince nervioso, un baldío con pastizales altos abría las fauces.
Al ir acercándose levantó el culo del asiento, puso más velocidad y fuerza al cacharro que se quejó mucho más fuerte. Vio con su vista periférica como una sombra gigante crecía más desde el baldío a medida que se acercaba veloz a ella, contuvo la respiración y aflojó el cuerpo al momento que unas manos, las sintió callosas, la tomaron por el cuello y la arrastraron por la greda fría. Una de las ruedas de la bicicleta seguía pataleando como un pollo degollado que no entiende de la muerte, la suspensión del andar.
De la fría greda pasó a las pierdas en la espalda, después al fondo de la alcantarilla barrosa y por último los pastos altos y flacos, verdes de día, negros en la negrura. El calloso la volteó con torpeza y brusquedad, era solo una sombra con dos pequeños puntos que se iluminaban por la luz.

Ha, la luz. Esa luz que ella guardaba en su interior, la luz de la muerte y el hambre. Calculó la distancia de los puntos luminosos a la yugular y abrió la boca para que sus colmillos creciesen a gusto mientras la rueda seguía chirriando, como la risa de una arpía.

lunes, 22 de octubre de 2012

Porcelana Roja



Fije la vista a lo lejos entornando los ojos, mis pies descalzos saboreaban la rugosidad de las tejas del campanario, olía la sangre a lo lejos y mis colmillos parecían crecer unos centímetros en mi boca. Mis pezones también lo sentían irguiéndose como cuando era humana al recibir una caricia excitante, toda mi piel blanca se estaba consumiendo. La peste estaba acabando con todas las personas, con toda la sangre, con mi alimento.
El carruaje se bamboleaba de un lado al otro en las imperfecciones del camino que serpenteante se abría paso por bosque para llegar a la Abadía, no pude esperar y me lancé sobre ellos, al ir acercándome noté que el chofer no llevaba las riendas de los caballos y su cabeza ladeada colgaba inerte.
Urgida de sed me adentré en el cubículo repleto de terciopelo, cuatro de las cinco personas que venían dentro estaban muertas, ennegrecidas por la peste que les corría en las venas. Tomé al único que aún respiraba y dude en clavarle mis colmillos en el cuello enfermo, pero la sed punzaba en mi vientre con desesperación. Abrió los ojos y me dijo
–Era una fría madrugada de Otoño. Me desperté por casualidad de un sueño asombroso, realmente sorprendente... Pero ahora me encontré con la realidad. –deliró por la fiebre al tiempo que cerraba sus ojos para siempre, lo dejé acostado sobre el hombro de una mujer que llevaba varios días muerta. El horizonte comenzó lentamente a teñirse de un naranja suave, levantándose por sobre la copa de los miles de árboles.
Estaba cansada y sola, salí del carruaje justo antes de que los caballos se detuviesen delante de las inmensas puertas de la Abadía, lugar que había sido de reserva los últimos cinco meses, hacía uno que ya había consumido la última gota de sangre. Volví de un salto a posar mis pies descalzos sobre las tejas del campanario esperando el próximo coche, si no llegaba pronto dejaría que el sol tiñese también mi piel.