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lunes, 12 de noviembre de 2012

El Coro de la Abadía



El pasillo lucía inmenso, de esos que parece que no tienen fin, el techo era abovedado y alto con unos ventanales gigantes y sucios a los lados como si fuesen verdugos de la inquisición aguardando la orden.
Y estaba oscuro.
Anabella se hallaba sentada en el suelo, al lado de un banco de madera largo, ella prefirió el piso frío a las maderas rugosas como dedos de un viejo gitano; el piso era mejor, sin dudas.
Se abrazaba las rodillas hundiendo la cara entre ellas, tratando que estas lleguen a taparle los oídos, que dejen de llegarle esos sollozos lastimeros de los cuatro vientos. Desde que había llegado a esa lejana y solitaria abadía, voces de todos lados la estrechaban, susurros jadeantes como fuelles avivando el fuego.
Se balanceaba abrazada a si misma, y lloraba.