Pasado unos segundos, presa del
agotamiento, dejé de sacudirme. Transpiraba mares y el gusto salado me invadía
la boca que mantenía abierta.
Me obligue a tranquilizarme.
Miré nuevamente el espejo.
Me miré.
Y reconocí mi rostro.
Cada una de las imágenes de mi
vida me engulló como un tsunami, golpeándome primero con su ola inmensa para
luego arrastrarme por mi propia historia.
Ya sabía quien era yo.
Mi nombre es…
