Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos Cortos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos Cortos. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de octubre de 2012

Exóticus




–Los estudios lo demuestran científicamente señor, si me permite que le diga señor. Usted no es algo que se diga..., normal.
–¿Y que sería “algo normal” para usted? –le preguntó meciendo los pies en la camilla.
–No es que yo lo piense, todos acá coincidimos que normal al menos es algo que sea de este planeta.


*El concepto de exótico hace referencia a todo peregrino de nacionalidad distinta a quien lo observa o a objetos o individuos extranjeros, en especial cuando se trata de algo o alguien que llega desde un territorio lejano.

martes, 4 de septiembre de 2012

Amanece en la Ruta




       El auto tosió varias veces antes de parase al costado de la ruta y en el interludio del día y la noche se maldijo como nunca lo había hecho. Quedarse sin combustible era absurdo, trató retroceder sus pasos hasta el momento de subir al auto, creía que había mirado el medidor; pero no estaba seguro.
       Recordaba haber limpiado la casa desde la habitación bajando la escalera y hasta la entrada, recordaba haberle dado de comer al perro antes de entrar, recordaba las luces que esquivaba mientras llegaba a la casa, recordaba haberse levantado esa mañana con un nudo en la garganta, recordaba las lágrimas y la impotencia, recordaba haberla descubierto.
       Pero no recordaba haber mirado el medidor de combustible.
     Bajó del auto, abrió el baúl y sacó el cuerpo, lo calzó al hombro y comenzó a caminar por la ruta en búsqueda del amanecer.

viernes, 31 de agosto de 2012

El Personaje del Sueño que Nunca Duerme


            
          
No había podido pegar un ojo casi en toda la noche, sumido en viajes extrasensoriales saltando de nube a nube rellenas de algodones multicolores. El personaje de sus sueños que no duerme, lo desafiaba con esa vacua sonrisa de cordero atado, dientes de lobo que relucían como cuchillas nuevas de un aserradero.
            Lo conocía, no recordaba su nombre, pero no era la primera vez que lo veía ahí, en ese mismo lugar donde sus realidades se hacían ficción y las ficciones tomaban vida propia.
            Hizo un fuego en medio de la nada, cruzó sus piernas y lo llamó. Hablaron por horas, saltando de un lugar a otro, leyéndose los labios rojos de una ira contenida, con los dedos pintando con negro betún las paredes de las nubes transportadoras. Llegaron a un acuerdo, había que respetar el primer y único ítem de la ley, “Se vale todo”. Aunque él deseaba poner algunos puntos de verdad, su boca se mantuvo quieta ante sus esfuerzos mientras el personaje los movía y ponía en el suelo lo que debían respetar.
           

martes, 28 de agosto de 2012

Evaporación


Se levantó en plena noche, los ruidos ásperos no lo dejaban dormir. Abrió la puerta con cuidado, sabía que no estaba solo y se preparó. La habitación detrás de la puerta estaba muy oscura, tragada por el vacío de la noche.
Los ruidos cesaron de pronto, supo que habían oído sus pasos.
–¿Quién anda ahí? –escuchó que preguntaban en un susurro.
Quiso hablar, pero se petrificó en medio de la habitación sacando con cuidado las afiladas garras.
Alguien prendió la luz pero no alcanzó a ver nada, el foco de 75 watts lo evaporó de inmediato.
Los monstruos del placard solo sobreviven en la oscuridad.

domingo, 22 de abril de 2012

149


             

              La tumba tenía sobre ella un ángel abatido, de lejos parecía que estaba descansando con sus alas caídas a los lados y uno de los brazos extendidos hacia abajo mientras el otro oficiaba de alivio para la frente. Los laureles tallados en el mármol que caían de las manos del ángel seguían firmes a pesar del paso del tiempo.
            No había nombres en esa tumba, la lápida solo tenía una fecha: 1816 – 1965, yo nunca le habría prestado atención a una tumba cualquiera, pero esa en especial me atrajo ya que era anónima.
            “1816” pensé, “estamos en 2009, eso serían… 193 años si no me equivoco”. Parecían muchos años, pero en realidad no lo eran, en los museos había visto cosas con miles de años de antigüedad. Pero… 1816 – 1965, la persona que estaba enterrada ahí había muerto a los… 149 años, eso era imposible. Me acerqué a la tumba y la examiné por los cuatro lados y después me centré en la fecha, al parecer el ángel que descansaba sobre la tumba se había hartado de buscarle una explicación, de cuidarlo.
            ¿Cuidarlo de qué?
            La pregunta me invadió como una mano que te toma de sorpresa por detrás. De pronto oí risas, y presencié como los números nadaban frente a mí, los tres unos, el cinco, el nueve, el seis. Parecían haber cobrado vida y saltado del mármol hacía mis ojos, todos los números menos uno.
            El ocho seguía grabado sobre la tumba, quieto, infranqueable; con sus huecos como ojos sorprendidos.
            Me quedé mirándolo mientras los demás números danzaban a mí alrededor, cantando y riendo como si estuviesen en una feria.
            Sentí un grito entre las risas, pero inmediatamente se esfumó, un grito que me sonó lastimero.
            “Una advertencia”, me dije.
            ¿Advertencia de que?
            Mire a mi alrededor y me asusté, ya era de noche y yo todavía estaba en el cementerio, había ido a llevarle flores a mi vieja y me había quedado mirando esa tumba sin nombre, con solo dos años 1816 – 1965, y un ángel abatido como guardián. La brisa nocturna sopló un poco más fuerte, como un suspiro de un fantasma cansado de andar encerrado en esa necrópolis. Se me erizó la piel, los números seguían girando sobre mí, pero recién pasado unos cuantos segundos caí en la cuenta de que ya no danzaban, ni cataban, ni reían.
            Solo pasaban sobre mí.
            El ocho se movió, lo vi caerse, tumbarse de lado.
            Ya no era un número, sino un símbolo, era… ∞
            Infinito.
            Sentí un fuerte aroma a flores silvestres acompañados por olor a cera quemada, mis ojos se cerraron y percibí como perdía las fuerzas. Traté de levantar la vista justo al tiempo que el ángel levantaba su cabeza apenas para mirarme con sus fríos ojos de mármol. Su mirada era triste, de resignación.
            El ángel no cuidaba a nadie, él solo estaba cansado; obligado a ver.
            Mis ojos jadeantes se iban cerrando, logrando ver la imagen final de ese mundo, el último número de la tumba cambiaba.
            1816 – 1966.
            Ahora somos 150.