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miércoles, 17 de octubre de 2012

Almas en el Humo (5º Parte de 5) FINAL




No sabía cuanto tiempo había pasado desde que los muertos habían querido entrar, los oía con más fuerza a cada rato y eso la estaba debilitando.
No quería dormirse aunque su cuerpo se lo pedía, sus brazos le decían que suelte a la bebe, que la acueste a un lado suyo; que se relaje, que nada iba a pasar. Que simplemente cerrase los ojos y descansase un momento, tal vez, si se dormía, despertase después dándose cuenta que todo había sido un sueño, de los malos; pero de aquellos en los cual uno cuando se despierta solo queda la sensación de miedo, de terror, y que inmediatamente después se evapora de su mente como una gota olvidada al sol.

martes, 16 de octubre de 2012

Almas en el Humo (4º Parte de 5)



El espacio se había reducido, estaban los cuatro en el living, sentados con las piernas cruzadas, mientras la bebe dormía después de haber llorado durante unas horas, rendida.
Al principio creyeron que los cuerpos sin vida andarían simplemente alrededor de la casa, que no entrarían. Pero al oír como estallaba el vidrio de la ventana de la cocina, Rogelio había saltado como si del culo le saliese un resorte, al igual que los payasos que saltan de las cajas chistosas. Se encontró con el Luis, su compadre, su amigo de toda la vida, el padrino de su hijo. Estaba con la mitad del cuerpo colgando dentro de la cocina, las tablas que había clavado yacían debajo del mentón, un hilo verde de baba caía sobre las tablas deslizándose por la rugosa piel del árbol muerto para caer sobre los platos que habían quedado amontonados dentro del piletón. Lo miraba con sus ojos blancos, creyó que sonreía, ¿o era una mueca de la putrefacción del cuerpo que estiraba la piel mientras se secaba?.
No, le sonreía.

viernes, 12 de octubre de 2012

Almas en el Humo (2º Parte de 5)



Creía que no había lugar que no hubiesen tapado, trabado ó atado; pero de todas maneras hacía un esfuerzo por recordar cada uno de los recovecos, ventanas, puertas, ventiluces y huecos posibles.
Se secó el sudor de la frente, estaba íntegramente transpirado, la camisa pegada a la piel, los pantalones parecían pesarle toneladas y las botas ser de cemento.
Su hijo había intentado llamar a la policía, a la radio y a cada uno de los números de la libreta roja. Ninguno había contestado. Todo mientras su padre y su madre tapiaban las puertas y ventanas, junto con todo hueco visible y posible.
Fuera los murmullos se multiplicaban, los pasos distorsionaban el sonido de la brisa que entraba por debajo de la puerta.