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martes, 30 de julio de 2013

Un Fin Complicado




La garra se abalanzó ponzoñosa sobre mi mano derecha, una de sus uñas hizo un pequeño surco rojo sobre la piel del índice.
Ardió.
Mis dedos iban frenéticos, sonando como los exasperados cascos de un carruaje en una noche de Transilvania. Me desesperaba no poder terminar antes de que esas garras dentasen todo, dejando un muñón ahí donde termina el brazo. No sin mucho esfuerzo y con varios cortes, maté a ese hombre lobo con el hacha del personaje principal de mi último cuento.

martes, 23 de julio de 2013

Fuertes Sabores





Decidí darme un gusto, saqué la cacerola y el aceite de oliva, todo va mejor con el aceite de oliva.
Pelé la 45, saqué el cargador y descubrí las balas, le puse una cucharada de C4 para zanjar la acidez de la pólvora. Corté dos granadas en dados pequeños y una culata de escopeta Mossberg 12 GA y para sazonar baje munición de un Subfusil MP5, había dudado en poner N91 munición de fusil de francotirador, pero quizá iba a ser muy pesado.
Metí la 45 y la culata de Mossberg en trozos para saltearlas, después del salteado metí las granadas. Dejé reposar por quince minutos y serví todo en un mortero M224 de 60 mm. Destapé una Molotov y prendí la TV. Sonreí. El Papa Francisco seguía paseando por las calles de Río.

martes, 27 de noviembre de 2012

El Sueño de las Mil Caras




Jugar al futbol no era lo de él, sabía perfectamente que había nacido para ser actor o escritor. Por supuesto que le llevó años darse cuenta de que podía hacerse algún dinero con eso, o no hacer ni un peso, pero ser feliz.
En la cancha, cuando recibía una patada por más leve que fuera, caía al pasto como si le hubiesen dado un hondazo en la pierna, daba mil vueltas tomándose la pierna mientras los gritos de los otros chicos inundaban la canchita del barrio.
            –Dejá de pelotudear Francisco, levantate que siempre haces lo mismo.
            –No te vamos a invitar más a jugar.
            No sabía si exageraba porque le gustaba hacerlo ó por el olor del pasto cuando estaba tirado, ó era tal vez el rumor de la brisa que lo acariciaba mientras mantenía los ojos cerrados e imaginaba estar tendido en un campo de batallas, o quizá escondido detrás de las tablas de la casa abandonada escudriñando en la oscuridad a unos vampiros sedientos.
            Muchas veces soñaba que volaba, en ese sueño siempre lo hacía cuando nadie lo veía e iba corriendo a decirle a su madre con excitación “¡Mamá, mirame… puedo volar!”, y corriendo se lanzaba de panza para caer con estrépito al suelo y llorar y darse cuenta de que solo volaba cuando nadie lo veía.
            A medida que los años pasaban parecía que cada vez se sumía más en un mundo de ensueño; ó de pesadillas, como a él le gustaban a fin de cuentas. Despertaba transpirado de las alucinaciones más locas que nunca creyó tener, las imágenes y voces danzaban en su habitación casi todas las noches.
            Comenzó a actuar y escribir, recordaba la canchita de futbol del barrio y sonreía al pensar que hacía lo que siempre había querido; el miedo de las noches le daba cuerda y escribía como un poseso, parecía que la tinta de las primeras biromes se le iba a fundir en la dermis de los dedos. Años después se casó, tuvo tres hijos y cada vez menos podía hacerse un tiempo para escribir, lo de actuar había caído por el caño del lavamanos, así era la vida.
Poco a poco dejó de ir soñando con zombies, ya no había más vampiros ni brujos y se habían evaporado los fantasmas; pero lo que más le dolía era que había desaparecido la fantasía del vuelo.
            A medida que crecía, la vida se le iba nublando, claro que se enamoró y se casó, tuvo sus hijos que le dieron cinco nietos, por supuesto que era parte de su felicidad.
            Pero extrañaba volar.
            La sensación de miedo al no poder correr en los sueños, el olor a temor cuando unos hombres lobos corrían por los costados de los vagones del tren en el que viajaba, ó los chillidos de los vampiros en el carruaje con él escondido a un lado de las grandes ruedas de madera sintiendo los golpes del camino, todo eso había desaparecido.
            Ya no pensaba más que en ella, delgada, con su piel pálida cromada y la empuñadura de sándalo. Se la llevó a la boca mientras su mano derecha no solo temblaban por los 84 años de vida, sino también por el Parkinson que le acometía.
            Su dedo se deslizó mientras los recuerdos se posaron en mí, con 47 años menos caminando al altar.
            Me detuve en seco, la miré a Josefina, radiante con sus ojos negros inmensos que contrastaban con el vestido, me cubrí con una media sonrisa y le dije.
            –Tengo que volver a la canchita del barrio.
            El dedo del viejo yo dudó, solo dudó.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Una Larga Espera






–Hey. ¿Estás despierto?
–No sé, la verdad que no sé.
–…
–¿Por? ¿No podes dormir?
–¿Cómo mierda querés que duerma acá? Si vos podes decime como haces que te compro la receta.
–Yo me imagino cosas, como que me gano la lotería y soy millonario y todas las cosas que me podría comprar y todo lo que podría hacer con toda esa guita. ¿Entendes? Sueño viste, creo que soñando despierto me termino por dormir de verdad. Una locura, pero a mi me funciona… ¿Se vé algo?
–No, te juro que preferiría verlos venir que esperar en esta mierda. Cada dos por tres creo que los veo, parece que unas sombras se cruzan de un lado para el otro y me vuelven loco.
–Es el cansancio y la oscuridad que te juegan una mala pasada.
–Tengo frío.
–Y hambre capaz. Yo al menos tengo frío y hambre.
–Creo que en Malvinas los soldaditos debían de sentir algo parecido.
–Peor que esto Jorge. Peor, acordate que eran todos pendejos y tenian menos idea.
–Se me congelan los dedos boludo.
–A ellos se les pudrían los dedos de los pies, los borcegos llenos de agua y barro. Imaginate, el frío, la lluvia, el hambre, los fal que no andaban y los ingleses calentitos en los barcos cagandose de risa. ¿Te lo imaginas? Y el hijo de puta ese los mandó al muere; dos borrachos viendo quien la tenía más larga.
–Ella no tenía pija boludo jaja.
–Sabés lo que quiero decir.
–Sí. Ya sé.
–…
–¿Querés que vigile yo un rato? Supuestamente iban a venir a eso de las 6, amanece a las y media más o menos, y faltan como dos horas todavía.
–¿Quién te dio el laburo?, al final no me dijiste nada.
–¿Cuándo te fallé? Me dieron el laburo, lo hacemos y nos llevamos unos buenos “morlacos”.
–¿Cuánto dijiste que falta?
–Dos horas más o menos.
–Igual no voy a poder dormir, ni imaginándome como vos que gano la lotería.
–Te ponés boludo cuando queres, o cuando tenés frío. Menos mal que no vivo con vos.
–Creo que ya te habría metido una bala por el culo.
–Vos no podes hablar sin meter en algún momento la palabra culo.
–…

–Creo que ahí vienen, el único lugar para vigilar sin ser vistos era este y es una cagada, una verdadera cagada.
–Jode el sol saliendo.
–Lo que me rompe soberanamente las pelotas es que quieran que mate a esos tipos por dos mangos, con el frío que hace tendrían que pagar más.
–Shhh, callate boludo, hablá más bajo.
–Los tengo en la mira. Yo le doy al de la izquierda y vos al otro. Siempre me gustó reventarle la cabeza a los de la izquierda.
–Esperá. ¿Sabías que mi viejo fue montonero?
–¿Qué?...
–Montonero era mi viejo. Lo mataste más o menos a esta distancia, la que estoy yo de vos ahora. A quemarropa.
–No, pará boludo, ¿qué haces?, yo no…, todo este tiempo vos…No, no, no. No me m…
–El frío no se siente pedazo de marica.