En
el grupo eran cuatro, cinco con él. Había dos hombres y dos mujeres, su entrada
ahora inclinaba la balanza hacia los grandes consumidores de testosterona.
Echó
una rápida y temerosa ojeada al grupo que se encontraba en medio de la sala, en
el extremo más alejado del pésimo círculo que intentaban hacer había un hombre
de unos cincuenta años, llevaba una tupida barba rojiza con motas blancas, era
panzón y bastante ancho. A la izquierda del hombretón estaba el segundo varón,
llevaba unas viejas gafas pasadas de moda, tenía el pelo graso y parecía que su
madre lo había peinado, solo la ropa no conjugaba del todo bien con el aspecto
de su rostro, una remera negra con una calavera en llamas, unos jeans gastados
y botas militares. Las dos mujeres estaban prácticamente de espaldas, solo pudo
advertir que una era rubia de rulos y la otra llevaba el pelo corto y lo tenía
de color castaño.
La puerta se cerró tras de sí con un
pequeño golpe que lo exaltó, era de esas que cierran solas, recorrió con la
vista nervioso el salón pero no vio a Scatularo, por lo que decidió quedarse
ahí mismo, en la entrada.
La idea de contar sus cosas a
totales desconocidos no era muy placentera, ¿pero desde cuando alguien con un
doctorado había dado ideas placenteras para recuperarse de alguna dolencia?.
Escuchó la discusión entre sus voces la primera vez que había visitado al
Psiquiatra, pero había tratado de ocultar ese hecho, quizá estuviese mejor sin
las voces, aunque sería difícil desprenderse de ellas ya que lo habían
acompañado por mucho tiempo, demasiado tal vez.
–No tengas miedo nene – dijo el de
la remera con la calavera. – Somos todos iguales acá.